REUTILIZACIÓN DEL AGUA

El agua es un bien finito.

Afirmar tal cosa no equivale a descubrir América, ni mucho menos. Desde hace años, las autoridades internacionales y organizaciones ecologistas de todo tipo vienen alertando de la progresiva desertificación del planeta, ligada tanto al aumento de habitantes en el planeta, como a los efectos del cambio climático y a la degradación de los suelos. No pretendemos generar alarmas innecesarias, desde luego, pero las previsiones con las que juega la comunidad científica no son especialmente halagüeñas: se vaticina que, en las próximas tres décadas, el calor aumentará, las precipitaciones disminuirán y el acceso a recursos hídricos se tornará cada vez más complicado. Y, como cambiar el rumbo de toda una especie es difícil, lo que sí puede hacerse es comenzar a dar pequeños pasos que contribuyan a ralentizar ese proceso.

El sector agrícola de nuestro país tiene mucho que decir y hacer al respecto. España es el octavo país del mundo, y el segundo de Europa, con mayor huella hídrica, y la agricultura consume el 70% del agua dulce utilizada anualmente. Y, si bien es cierto que las actividades agrarias requieren de abundantes cantidades del preciado líquido para cubrir la demanda con solvencia, existen medidas capaces de reducirlas sensiblemente.

La reutilización del agua es una de ellas.

 

Una industria, literalmente, “pasada por agua”

Tomemos como ejemplo un melón, una lechuga, un tomate… Cualquiera de las muchas, variadas y siempre deliciosas frutas, verduras y hortalizas que brotan de los campos españoles. Tras la siembra, las labores de riego ya consumen cantidades ingentes de agua. Litros y litros son destinados a garantizar la supervivencia y el adecuado crecimiento de los frutos, en una fase en la que, todo sea dicho, es difícil introducir mecanismo de ahorro.

Pasados los meses de germinación y crecimiento, con los productos ya maduros y listos para la recogida, llega el momento de la recolección, procesamiento y distribución. Es lo que se conoce como postcosecha, y es el eslabón de la cadena en el que, efectivamente, el uso desmedido de agua es casi tan habitual como evitable.

Así, tras ser recogidas, las piezas son sometidas, por regla general (pueden existir pequeñas variaciones de unas explotaciones agrarias a otras), a tres fases de lavado. En la primera de ellas, los vegetales son arrojados a enormes piscinas de agua, en las que desaparecerán tanto la tierra acumulada como los restos de fertilizantes y pesticidas.

Terminado este primer baño, da comienzo la segunda fase, que ostenta el dudoso honor de ser en la que más agua se derrocha: sumergir los productos en una nueva piscina que, en este caso, contiene una mezcla de agua y algún desinfectante químico (habitualmente cloro). El objetivo de este lavado no es otro que acabar con las bacterias naturales que todo fruto presenta, y que, a la postre, son las causantes de su progresiva putrefacción. Con ello se pretende alargar la vida útil de los alimentos, a fin de que sobrevivan hasta, al menos, llegar a los puntos de venta.

El gran hándicap de este paso es, como resulta fácil comprender, el componente químico. De entrada, su mera presencia ya convierte el contenido de dicha piscina en un líquido no reutilizable, imposible de ser aprovechado para ninguna otra actividad. Y no sólo eso; su poder desinfectante merma deprisa lavado tras lavado, lo que obliga a los agricultores a vaciar la piscina cada poco tiempo, teniendo que rellenarla de nuevo con la mezcla. ¿La consecuencia? Miles y miles de litros de agua gastados, químicos en cauces y suelos, y pérdidas de productividad cada vez que la cadena ha de detenerse para las labores de relleno.

Llegamos al tercer y último peldaño de este proceso de higienización. Esas frutas, verduras y hortalizas pasan por una especie de “duchas” de gran tamaño, a fin de que ese flujo constante de agua limpia arrastre las trazas de desinfectante químico. Se pretende con ello prevenir intoxicaciones y malos sabores, y dejar los productos listos para su procesamiento, envasado y distribución.

 

La reutilización del agua como clave del ahorro

Para los profesionales del campo, no poder reutilizar el agua de la segunda fase del lavado es un auténtico quebradero de cabeza. Por sí solo, ese hecho provoca un aumento de las facturas que orbita alrededor de lo millonario; y no sólo por el agua imposible de reaprovechar, sino, muy especialmente, por el tiempo perdido.

Desde hace años, el sector agrícola reclama soluciones que, siendo eficaces en la desinfección de los frutos, no impliquen semejante gasto hídrico, temporal y monetario. Por desgracia, durante mucho tiempo ha sido prácticamente imposible encontrar un punto de equilibrio. Desinfectantes químicos capaces de prolongar su efecto durante largo tiempo resultan, sin embargo, mucho más nocivos para el medio ambiente (en ocasiones, incluso para los propios alimentos), y exigen una abundante inversión en tratamiento para la gestión de esa agua, que no puede ser devuelta a los cauces directamente.

Una palabra ha rondado la cabeza de los agricultores durante años. El término que podría dar solución a este problema que, lejos de ser sólo suyo, atañe al conjunto del planeta: reutilización.

Y, gracias al progreso tecnológico, esa petición por fin ha sido atendida.

 

Dos pasos en uno: menos agua, más dinero

En los cuatro años transcurridos desde su creación, la tecnología ActivH2O ha evolucionado, se ha desarrollado y ha alcanzado un grado de desinfección óptimo para la eliminación de cualquier virus o bacteria presentes, ya sea en el propio líquido o en aquellas superficies que sean lavadas con el agua tratada en nuestros equipos.

La clave, como tantas veces hemos explicado (y hemos patentado), radica en el oxidante natural que genera la electrólisis no salina a la que recurrimos, el cual persiste en el agua durante varias semanas. Además, el poder desinfectante que dicho oxidante aporta al agua es regulable, lo que permite adaptarla a los diferentes usos que de ella se vayan a hacer, desde su uso como sustitutivo de los químicos hasta su empleo en las duchas al final de cada proceso de postcosecha. Y no se trata de una invención publicitaria; laboratorios y clientes pueden corroborar nuestra capacidad.

Por supuesto, la gran pregunta que puede formularse en este momento es… ¿Qué hacer cuando el poder desinfectante de esa agua disminuya con el paso de varios lotes de alimentos? ¿Rescatar el aborrecido vaciado y relleno periódico de las piscinas, tal vez? La respuesta, tan tajante como sincera, es NO. Al tratarse sólo de agua, sin ningún aditivo químico que modifique su pH o sus cualidades naturales, ese líquido puede permanecer en recirculación, pasando por nuestros equipos una y otra vez. De ese modo, por utilizar una analogía sencilla, el oxidante natural se “recarga” constantemente, permaneciendo siempre en su nivel óptimo, dependiendo de las necesidades y exigencias de cada cliente.

Querer es poder, como tantas veces ha quedado probado a lo largo de la Historia. El mundo agrícola quería un cambio…

Nosotros hemos podido crearlo.

 

Fuentes:

https://www.fundacionaquae.org/wiki-aquae/el-agua-en-espana/consumo-de-agua-por-sectores-de-actividad-en-espana/

http://www.rtve.es/noticias/20190617/75-del-territorio-espanol-esta-peligro-desertificacion-segun-wwf/1958043.shtml

https://agroinformacion.com/la-agricultura-espanola-mantiene-el-consumo-de-agua-pero-reduce-el-riego-por-gravedad-y-apuesta-por-el-goteo/

 

¿Es mejor beber agua del grifo o embotellada?

Incolora, inodora e insípida. Tradicionalmente, la unión de estos tres términos ha resuelto la fórmula para obtener un agua perfecta, de calidad, idónea para saciar nuestra sed. Sin embargo, hace ya tiempo que no basta con cumplir ese trío para estar a salvo de los riesgos que ese líquido entraña.

Los tratamientos que se realizan en las plantas depuradoras no son suficientes para garantizar niveles óptimos de seguridad y calidad del agua al llegar a nuestros grifos. Los motivos son varios, desde el uso de químicos en el tratamiento y su ineficacia para eliminar todos los virus y bacterias, hasta el estado de las canalizaciones. En el hipotético caso de realizarse un correcto tratamiento en origen, el agua se expone a sedimentos, fugas y demás factores que la contaminan con facilidad. Sólo un sistema de purificación instalado al final del recorrido puede garantizarnos la seguridad total que buscamos en nuestro hogar.

Esta preocupante realidad nos sitúa ante un serio dilema cotidiano, magníficamente recogido por El Diario Vasco el pasado 15 de mayo: ¿es mejor beber agua del grifo, tratada o no, u optar por la embotellada? En su texto, la periodista Tamara Izquierdo desgrana los pros y los contras de cada una de esas opciones. El resultado es verdaderamente sorprendente.

 

Botellas de agua. Un aliado engañoso.

A priori, puede parecer que recurrir al agua embotella es la alternativa más tranquilizadora. Tratada industrialmente, exhaustivamente depurada y con una presentación estética que elimina cualquier sospecha, la impresión inicial es que reúne todas las características deseables. Sin embargo, esta posibilidad presenta unos cuantos inconvenientes, y no precisamente dignos de pasar por alto.

De entrada, el más obvio es la ingente cantidad de plástico no reutilizable que se genera. A día de hoy, tras las emisiones tóxicas de industrias y coches, la acumulación de residuos plásticos es la mayor causa de preocupación no sólo entre los colectivos ecologistas, sino también entre administraciones y ciudadanos e, incluso, empresarios. Toneladas de plástico pueblan mares, ríos y tierras, y son responsables de la muerte de millones de animales y plantas cada año, con el consiguiente daño para los ecosistemas. Además, los propios procesos de fabricación del plástico son tremendamente nocivos (no olvidemos que el petróleo sigue siendo la base de su composición), los residuos tóxicos de esa producción y las emisiones que generan su transporte y distribución, son otras amenazas potenciales para el futuro del planeta.

Si la salud de nuestro mundo no acaba de inquietarte, quizá te preocupe más la tuya y la de tus seres queridos. Los envases de plástico, al degradarse, desprenden micropartículas que se mezclan con el agua y terminan en el organismo humano. Según expertos de la australiana Universidad de Newcastle, cada semana “bebemos” el plástico equivalente al de una tarjeta de crédito. Y eso, claro, sin contar con la incomodidad que supone proveerse frecuentemente de botellas o garrafas en los supermercados.

 

Grifos domésticos. Prácticos, cómodos… E inseguros.

Queda, pues, la alternativa de beber agua del grifo, pero ya ha quedado probado que su seguridad es más que dudosa. Con tantos microorganismos y químicos en ella, se antoja necesario tratarla de algún modo antes de asearnos y, por supuesto, beberla. Nadie quiere terminar postrado en la cama de un hospital, lidiando con la Legionela o con la E. coli, ¿verdad?

Así pues, ¿cómo tratarla?

En su reportaje, Tamara Izquierdo señala dos de las opciones más socorridas: los sistemas de osmosis inversa y las jarras depuradoras. Pero, pese a su popularidad, ninguno de ambos métodos está exento de defectos. En el caso de la osmosis, la gran lacra es su complejidad y alto precio; en el de las jarras, la alta frecuencia de sustitución de los filtros de carbón activo y malla de plástico, y la limitada efectividad de dicho sistema.

Un tercer método, es el de los filtros acoplables a los grifos domésticos. Pequeños y fáciles de manejar y sustituir, son, sin embargo, caros, poco duraderos y, a mayores, aptos para un único grifo por vez. Eso significa que, para cada uso que se haga del agua en un domicilio, habría que acoplar un filtro, lo que incrementa enormemente el gasto, aplicado, además, a una tecnología que, como la dos anteriores, tampoco garantiza agua totalmente segura.

La tecnología, una solución idónea

A la vista del escenario actual, es fácil pensar que la única opción es elegir la opción menos negativa. Por suerte, no es así.

Gracias al progreso tecnológico y a su puesta al servicio de las necesidades humanas, por fin ha sido posible desarrollar un método para tratar el agua del suministro y darle los niveles de seguridad, calidad y sostenibilidad que la población y el planeta se merecen. Y esa tecnología revolucionaria responde al nombre de ActivH₂O.

La solución que ActivH2O aporta al problema es total. Además de acabar con todos los sedimentos, elimina completamente los virus y bacterias del agua de red, haciendo 100% seguro el consumo de agua “kilómetro cero”. Sin duda, la opción más sostenible para el medio ambiente y tu bolsillo.

¿Quieres saber más sobre esta tecnología revolucionaria? ¡En nuestra web te explicamos su funcionamiento y cómo conseguirla!

CÓMO AUMENTAMOS LA VIDA ÚTIL DE LOS ALIMENTOS

Desde el albor de los tiempos, la preservación de los alimentos ha sido uno de los grandes retos a los que se ha enfrentado la Humanidad. Ya hablemos de la salazón y del frío, o de los estabilizadores y conservantes industriales, lograr retrasar los efectos de las bacterias naturales de la comida, y conseguir que sobreviva en óptimas condiciones durante el mayor tiempo posible, ofrece innegables ventajas, tanto en términos sanitarios y medioambientales como logísticos y económicos.

Repasemos brevemente la realidad botánica que se esconde tras este hecho: los alimentos (en especial las frutas, verduras y hortalizas) presentan virus y bacterias naturales, que son las que, a la postre, provocan su progresivo deterioro, usualmente rápido. Una realidad que no conviene a los productores, distribuidores y vendedores de alimentos, que necesitan aumentar ese lapso de tiempo para que los productos lleguen al consumidor en buen estado.

Basta un rápido ejercicio de sentido común para detectar las virtudes de dicho aumento. Disponer de unos alimentos con una vida útil más prolongada reduce su desperdicio, abundante de por sí en las cadenas de producción alimenticia, y da a los productores, distribuidores y vendedores un margen de tiempo mayor para mantenerlos a la venta, lo que incrementa los beneficios de los negocios implicados. Así mismo, posibilita el envío de los productos a mercados más lejanos, multiplicando las posibilidades de venta. Y no conviene desdeñar lo positivo que, para la tranquilidad y la motivación de los compradores, entraña saber que aquellos productos procedentes de lugares distantes no pondrán en peligro su salud por estar en proceso de putrefacción, infestados de virus y bacterias, o en malas condiciones por el simple paso del tiempo.

 

Un equilibrio complejo

Sin embargo, incrementar la vida útil de los alimentos es una práctica que, en los tiempos presentes, no está exenta de inconvenientes. A día de hoy, la forma más común de lograrlo ha sido mediante sucesivos “baños” o inoculaciones de conservantes químicos. El objetivo es fácil de entender: ralentizar o, directamente, suprimir el efecto de los microorganismos que causan el deterioro. Son métodos que, aunque eficaces, presentan no pocos riesgos para la salud de los consumidores, amén de implicar procesos de fabricación nocivos para el medio ambiente.

Precisamente por ello, algunas de las legislaciones que imperan en los países productores limitan el empleo de tales químicos sobre determinados alimentos. Sobra decir que semejantes decisiones anulan las posibilidades que la conservación pueda tener. Se trata de un apunte que no puede ser pasado por alto.

Como es lógico, la sociedad no está dispuesta a renunciar a las ventajas que la evolución de los nuevos métodos de preservación proporciona. No obstante, eso no impide que, en todo el globo, millones de voces se alcen, y crezcan en número a diario, reclamando alimentos más naturales, sanos, carentes de químicos y ajenos a procesos industriales. Quizá parezca contradictorio, pero eso no quita que sea una reivindicación real… Que tanto la sociedad como el planeta ven como imprescindible.

Así pues… ¿Cómo alcanzar un equilibrio, un punto en el que el carácter bio y eco, y la durabilidad de los alimentos, se den la mano de forma satisfactoria, rentable y, sobre todo, eficaz?

 

La tecnología, pieza clave de esa síntesis

Durante los últimos cuatro años, desde sus primeros pasos en suelo panameño, ActivH2O ha centrado sus esfuerzos, precisamente, en lograr la síntesis entre ambas peticiones. Y ha sido en la tecnología en la que hemos hallado la solución perfecta, que cuenta, además, con un nombre y una protagonista: el primero es la electrólisis, y la segunda, el agua.

Es posible que, en este momento, seáis muchos los lectores que os preguntéis qué es la electrólisis no salina. En dicho proceso, el agua pasa a través de los dos electrodos que contienen nuestros equipos, el ánodo y el cátodo; al hacerlo, la corriente eléctrica modifica momentáneamente el pH del agua, que se recompone de inmediato. Sin embargo, ese lapso de tiempo es suficiente para que la superficie de las células – por ejemplo, las de la bacteria E. coli – se vuelva porosa, por lo que absorben el agua, que destruye su núcleo y acaba con ella. De esa transformación surge una nueva sustancia que, en nuestro caso, es un oxidante natural e inocuo, capaz de eliminar los virus y las bacterias del agua.

Muchos equipos y sistemas recurren a la electrólisis para realizar sus procesos; lo que nos caracteriza, aparte de la mayor duración del efecto desinfectante en el agua y de su poder, superior al de la competencia, es que, a diferencia de las alternativas, nuestra tecnología no necesita que se añada sal, ni nuestros electrodos desprenden partículas sólidas, lo que la hace perfectamente segura para consumo humano. Virtudes todas ellas que cumplen con la normativa estipulada en el Real Decreto 140/2003.

Así, el oxidante no sólo erradica las bacterias que se encuentran en el agua, y mantiene ese efecto durante semanas. También acaba con aquellas acumuladas sobre cualquier superficie como, por ejemplo, la piel o las hojas de las frutas, verduras y hortalizas. A partir de este punto, las cuentas son fáciles de hacer: ese margen temporal es lo suficientemente amplio como para minimizar el desperdicio por deterioro prematuro, amén de facilitar que el alimento llegue a cualquier rincón del mundo en un estado óptimo para su consumo.

 

Beneficios para la economía… Y también para el planeta

Alargar la vida de los alimentos es una realidad que puede aportar pingües beneficios a todos los actores que constituyen la cadena de producción, tanto agricultores como comerciantes y consumidores. Y eso, claro, pese a que es fácil pensar lo contrario, pues… ¿Qué productor querría que sus productos resistiesen por más tiempo en las estanterías de los supermercados o en las despensas de los hogares? Eso equivaldría a vender menos y, por extensión, a perder beneficios… ¿O, acaso, no sería así?

Hagamos un pequeño esfuerzo y enfoquemos ese argumento desde otra perspectiva. Un producto más duradero puede ser ofrecido a un precio sensiblemente mayor. La ventaja competitiva que plantea es importante, ya que cualquier superficie de venta, sea un comercio minorista o una gran superficie, preferirá aquellos alimentos que se mantengan impolutos por más tiempo en sus estantes y les permitan reducir sus pérdidas. Lo mismo ocurre en el caso del consumidor, atraído por alimentos que no sufran deterioros rápidos. Y eso, claro, sin contar las mejoras que aporta a las exportaciones, ya que, por un lado, permite exportar la mercancía fresca a mercados sitos en territorios más lejanos, en los que, muy posiblemente, se pagará bien a aquellos capaces de ofrecer alimentos habitualmente inaccesibles. Y, por otro lado, reduce la merma de la mercancía, esto es, la cantidad de alimentos que llegan a destino en malas condiciones, y que no reportan beneficios al vendedor, una pérdida que puede alcanzar altas sumas de dinero.

A mayor distancia y mejor calidad, mayor precio y más beneficio, pero esta realidad tiene una segunda derivada ajena a los rigores del mercado. Anualmente, millones de litros de conservantes químicos se producen para combatir el carácter perecedero de los alimentos. Y, si esa misma fabricación, por sí sola, ya resulta dañina para el medio ambiente (emisiones a la atmósfera, residuos desechados, posibles accidentes…), el hecho de que muchos de esos químicos, tras su utilización, terminen en los ecosistemas, amenazando a la flora y fauna autóctonas, dispara sus consecuencias negativas. Por fortuna, tal realidad se torna inexistente al recurrir a ActivH2O.

No obstante, si hay un efecto de nuestra tecnología verdaderamente beneficioso para el medio ambiente, ese es la reducción del desperdicio. ¿Acaso parece algo baladí? Pensemos que, en este momento, cada año cerca de 1.300 millones de toneladas de comida terminan en el cubo de la basura, tal como ha alertado la FAO, y esa cifra sigue creciendo conforme se dispara el número de habitantes del planeta. Las propias Naciones Unidas, a través de sus Objetivos de Desarrollo Sostenible, se han propuesto poner freno a semejante despilfarro, que también presenta un lado pérfido si se piensa que casi 820 millones de personas padecen hambre. Así, unos alimentos más duraderos y más seguros se convierten en un grano de arena más, y nada despreciable, a la hora de atajar tamaña tragedia humana.

Así, nuestras soluciones, siendo como son completamente naturales, se tornan, por increíble que parezca, en el ideal: la síntesis entre conservación y sostenibilidad, envuelta con el siempre admirable lazo de la igualdad y de la lucha a favor del “hambre cero”.

Alargar la vida útil de los alimentos como mecanismo para posibilitar la vida de millones de personas… ¿No es una causa por la que merece la pena luchar juntos?

5 PASOS PARA VIVIR CON MENOS PLÁSTICO

Seamos realistas: vivir sin plástico no es posible.

Al menos, no de momento.

Las experiencias recientes, como el reto #boicotalplastico2019, que llevó a miles de personas a suprimir el plástico de sus compras entre el 2 y el 9 de junio, han demostrado el creciente compromiso con la supresión de este material. Sin embargo, también han probado que renunciar a él totalmente es una utopía. Ya no es sólo el envasado de alimentos y bebidas el que depende profundamente del plástico. Prácticamente no hay objeto que usemos en nuestro día a día que no requiera de él para su funcionamiento. Móviles, ordenadores, bolígrafos, coches… Todos esos productos tienen un denominador común: el plástico.

Mientras los modelos de producción y consumo no cambien, seguirá siendo un compañero de fatigas diario. Es un material barato, polivalente y práctico, aunque también sea muy dañino para los ecosistemas terrestres y acuáticos. Y, por ahora, este último hándicap no compensa el que su distribución y aprovechamiento sea la opción más económica y útil para las empresas.

Hasta que ese futuro ideal sea factible, sólo hay una cosa que podemos hacer: seguir intentando reducir su uso en la medida de lo posible. Las grandes empresas productoras de plástico mantienen su producción por una sencilla razón: que la sociedad aún demanda tales productos. Por pequeña que pueda parecer, la aportación de cada hogar es un valioso soplo de aire a favor de esta causa. ¡Y no es complicado hacerlo! Basta con cambiar ligeramente algunas de nuestras pautas diarias, algo mucho más sencillo si aplicas los siguientes trucos:

  1. Planifica. ¿Alguna vez te has parado a pensar en la cantidad de comida envasada en plástico que desperdicias, o que compras por comprar? Seguro que muchos de esos productos proceden de una compra hecha sin pensar, fruto de un capricho puntual, de una necesidad de última hora o de una supuesta urgencia que, en el momento de la verdad, no era tal. Pensar antes de comprar y limitarte a lo que necesitas es una buena forma no sólo de reducir el consumo de plástico, sino también de minimizar el desperdicio de alimentos y, por qué no decirlo, también de ahorrar dinero.
  2. Elige. En tu mano está decidir qué prefieres. Una bandeja de poliestireno con tres manzanas envasadas al vacío, o el mismo número de piezas compradas frescas a granel. Una botella de agua, liberadora de microplásticos que dañan tu organismo, o un suministro del grifo seguro y sostenible. Las respuestas parecen obvias, pero el aparente sobreesfuerzo que supone escoger la opción más saludable nos disuade muy a menudo. ¡Supera esa pereza y haz la prueba! El resultado no te defraudará.
  3. Reutiliza. Si echas un vistazo a tu cocina, seguro que en ella hay más de un recipiente perfecto no sólo para almacenar la comida en la nevera, sino también para adquirirla en el punto de venta. Tápers de distintos tamaños, botellas y tarros sin uso, bolsas de todo tipo… ¡Dales una nueva vida! Llévatelos contigo a hacer la compra y pide que los llenen con aquello que desees llevarte. Reutilizando envases ayudarás a que no sea necesario fabricar otros nuevos. Ahorrarás tú y ayudarás al planeta.
  4. Sustituye. Que estamos rodeados de plástico es una obviedad. No obstante, existen otros materiales a disposición del consumidor, mucho más respetuosos con el medio ambiente y, la mayoría de las veces, más sanos para tu organismo. Las tarteras de cristal, las botellas de aluminio y las bolsas de tela son sólo tres de las innumerables alternativas que pueden ayudarnos a que el mundo no se convierta en un colosal vertedero de plástico en poco tiempo.
  5. Inspira. Proteger el planeta es cosa de todos. Y, si los demás no se percatan de ello por sí mismos… ¡Conviértete en un ejemplo para ellos! Haz de tus actos un modelo a seguir, difunde tus prácticas respetuosas con el medio ambiente y, juntos, lograremos ralentizar el efecto destructivo de nuestra actividad sobre el mundo.

Desperdicio de alimentos, un problema global que entre todos podemos frenar

A quienes vivimos en países desarrollados nos cuesta imaginar un día a día sin comida en nuestras mesas. De un modo u otro, con mayores o menores dificultades para lograrlo, a diario disponemos de alimentos que llevarnos a la boca. Sin embargo… ¿Y si esa realidad se alterase de pronto? Según un informe publicado por el Boston Consulting Group (BCG), aproximadamente 1.600 millones de toneladas de alimentos se desperdician anualmente en todo el mundo. Una cifra escandalosa y dramática si se considera que más de 870 millones de personas padecen hambre. La propia Organización de las Naciones Unidad para la Agricultura y la Alimentación ha alertado reiteradamente de lo crítico de esta situación.

Además de su dimensión humana, el drama del derroche de alimentos reviste también una importancia económica y ecológica. La cantidad desaprovechada supone un tercio del total de la producción alimenticia mundial, y equivale a “diez veces la masa de la isla de Manhattan”, tal como recoge el estudio. Semejante despilfarro está valorado en cientos de miles de millones de dólares, y esas cantidades, ya difíciles de abarcar de por sí, no hacen más que aumentar.

En el plano medioambiental, la crisis continúa patente. El procesamiento de los desechos alimenticios pasa, en muchos casos, por su incineración, a menudo sin las más mínimas medidas de seguridad. El resultado es un mazazo terrible para el medio ambiente. Se calcula que cerca del 8% del total de las emisiones responsables del “efecto invernadero” son causa directa de ese tratamiento inadecuado. Puede parecer un porcentaje pequeño si se compara, por ejemplo, con la polución que las grandes industrias del globo arrojan a la atmósfera, pero no nos engañemos; ese 8% es una cuantía determinante.

 

¿Responsables? Todos nosotros

El documento del BCG, elaborado por media docena de especialista del sector, enumera las cinco motivaciones principales de esta preocupante dinámica. La falta de concienciación global es la primera y más grave de las señaladas. A juicio de los responsables del texto, la comprensión acerca de la auténtica dimensión del problema es escasa, y se traduce en conductas como la preferencia por comprar alimentos frescos, en vez de congelados, en la creencia de que son más saludables y de mayor calidad. Además de ser una convicción irreal, los alimentos frescos se degradan antes, lo que potencia el desperdicio.

Otro foco de problemas, en este caso doble, es la capacidad, calidad y eficiencia de la cadena de suministros. Son muchos los mercados emergentes que no disponen de una red de suministro suficientemente implementada y desarrollada; no es inusual, por ejemplo, que no existan cadenas de frío, lo que deriva en una rápida putrefacción de los alimentos. Por otra parte, la mayoría de las empresas prefieren invertir en incrementar la velocidad de sus cadenas de suministros antes que en reducir el desperdicio de comida que acontece en ellas. Tal política corporativa genera pérdidas millonarias, y pone en riesgo la productividad.

La falta de colaboración intersectorial también figura entre los puntos a mejorar. A día de hoy, los agentes involucrados en el problema del despilfarro alimenticio no actúan de manera coordinada, algo extensible a la inexistencia de políticas medioambientales verdaderamente comunes y eficaces. No se ha creado un marco legal regulatorio común a escala internacional, y la ausencia de penas hace que eliminar los desperdicios de los alimentos sea una actividad muy barata.

A la vista de lo anterior, es difícil no hacerse una pregunta determinante. ¿Cómo es posible que en pleno siglo XXI, en los albores de la era de mayor progreso y de mayor concienciación social, política y medioambiental de la historia de la humanidad, este problema sigua sin ser resuelto? Máxime cuando sus efectos son perceptibles en el día a día de los estados civilizados, más allá de los millones de muertes que podrían evitarse anualmente con una mejor distribución de los alimentos. ¿Realmente no podemos ponerle freno o, tal vez, es que no deseamos hacerlo?

 

Una crisis de consecuencias globales

Supongamos por un instante, sin ánimo de ser negativos, que la idea que prima es la segunda. Imaginemos que el verdadero problema es nuestra falta de voluntad para ponernos en marcha y parar esta dinámica injusta.

De ser así, tal vez convenga echar un vistazo a las consecuencias sobre nuestras vidas del cambio climático, al que contribuye el desperdicio de alimentos y su mala gestión, y que pagamos todos, tengamos o no la fortuna de vivir en países desarrollados. Los veranos son cada vez más cálidos, y los inviernos, más cortos; el aumento del nivel del mar es una constante, y en pocas décadas podrían llegar a inundarse vastas extensiones costeras, con la consiguiente pérdida de localidades, cultivos y explotaciones ganaderas. El punto de no retorno se aproxima. En nuestra mano está evitar que lo alcancemos.

Atajar este problema es responsabilidad de Gobiernos, empresas, organizaciones no gubernamentales y ciudadanos de todo el mundo. Y, afortunadamente, ya comienzan a tomarse decisiones en ese sentido. El pasado mes de abril, sin ir más lejos, el Gobierno de Castilla-La Mancha se convirtió en pionero a nivel nacional al implementar un decreto para propiciar el reaprovechamiento alimenticio. En esencia, el modelo, de adhesión voluntaria y abierto a productores, distribuidores, vendedores y consumidores, ofrece una serie de reglas que seguir para minimizar el desperdicio y posibilitar la redistribución, especialmente entre personas con dificultades para obtener comida a diario.

En el sector privado también está habiendo notables movimientos. Tal es el caso de To Good To Go; esta app para smartphones permite encargar, comprar y degustar aquella comida que, al cabo del día, no ha sido aprovechada por restaurantes y comercios, reduciendo con ello el despilfarro y favoreciendo una concepción circular de la economía alimenticia. Un ejemplo que promete ser un modelo a seguir por el resto de regiones y países de nuestro entorno.

En nuestros hogares también podemos ayudar a cumplir ese objetivo. De hecho, el sector doméstico tiene en sus manos la posibilidad de ayudar de forma decisiva a ese triunfo. Son millones las toneladas de alimentos que se derrochan en nuestros domicilios particulares anualmente. Para acabar con ello, sólo hace falta que cada hogar se conciencie de la necesidad de aprovechar y conservar mejor los alimentos que adquiere.

Por supuesto, esa conservación está condicionada por las propias características de los productos. Los alimentos frescos suelen tener una vida útil corta, y son víctimas de una rápida degradación. Sin embargo, existen algunos sencillos trucos, todos ellos asequibles y nada caros, que se pueden aplicar para potenciar su durabilidad.