A quienes vivimos en países desarrollados nos cuesta imaginar un día a día sin comida en nuestras mesas. De un modo u otro, con mayores o menores dificultades para lograrlo, a diario disponemos de alimentos que llevarnos a la boca. Sin embargo… ¿Y si esa realidad se alterase de pronto? Según un informe publicado por el Boston Consulting Group (BCG), aproximadamente 1.600 millones de toneladas de alimentos se desperdician anualmente en todo el mundo. Una cifra escandalosa y dramática si se considera que más de 870 millones de personas padecen hambre. La propia Organización de las Naciones Unidad para la Agricultura y la Alimentación ha alertado reiteradamente de lo crítico de esta situación.

Además de su dimensión humana, el drama del derroche de alimentos reviste también una importancia económica y ecológica. La cantidad desaprovechada supone un tercio del total de la producción alimenticia mundial, y equivale a “diez veces la masa de la isla de Manhattan”, tal como recoge el estudio. Semejante despilfarro está valorado en cientos de miles de millones de dólares, y esas cantidades, ya difíciles de abarcar de por sí, no hacen más que aumentar.

En el plano medioambiental, la crisis continúa patente. El procesamiento de los desechos alimenticios pasa, en muchos casos, por su incineración, a menudo sin las más mínimas medidas de seguridad. El resultado es un mazazo terrible para el medio ambiente. Se calcula que cerca del 8% del total de las emisiones responsables del “efecto invernadero” son causa directa de ese tratamiento inadecuado. Puede parecer un porcentaje pequeño si se compara, por ejemplo, con la polución que las grandes industrias del globo arrojan a la atmósfera, pero no nos engañemos; ese 8% es una cuantía determinante.

 

¿Responsables? Todos nosotros

El documento del BCG, elaborado por media docena de especialista del sector, enumera las cinco motivaciones principales de esta preocupante dinámica. La falta de concienciación global es la primera y más grave de las señaladas. A juicio de los responsables del texto, la comprensión acerca de la auténtica dimensión del problema es escasa, y se traduce en conductas como la preferencia por comprar alimentos frescos, en vez de congelados, en la creencia de que son más saludables y de mayor calidad. Además de ser una convicción irreal, los alimentos frescos se degradan antes, lo que potencia el desperdicio.

Otro foco de problemas, en este caso doble, es la capacidad, calidad y eficiencia de la cadena de suministros. Son muchos los mercados emergentes que no disponen de una red de suministro suficientemente implementada y desarrollada; no es inusual, por ejemplo, que no existan cadenas de frío, lo que deriva en una rápida putrefacción de los alimentos. Por otra parte, la mayoría de las empresas prefieren invertir en incrementar la velocidad de sus cadenas de suministros antes que en reducir el desperdicio de comida que acontece en ellas. Tal política corporativa genera pérdidas millonarias, y pone en riesgo la productividad.

La falta de colaboración intersectorial también figura entre los puntos a mejorar. A día de hoy, los agentes involucrados en el problema del despilfarro alimenticio no actúan de manera coordinada, algo extensible a la inexistencia de políticas medioambientales verdaderamente comunes y eficaces. No se ha creado un marco legal regulatorio común a escala internacional, y la ausencia de penas hace que eliminar los desperdicios de los alimentos sea una actividad muy barata.

A la vista de lo anterior, es difícil no hacerse una pregunta determinante. ¿Cómo es posible que en pleno siglo XXI, en los albores de la era de mayor progreso y de mayor concienciación social, política y medioambiental de la historia de la humanidad, este problema sigua sin ser resuelto? Máxime cuando sus efectos son perceptibles en el día a día de los estados civilizados, más allá de los millones de muertes que podrían evitarse anualmente con una mejor distribución de los alimentos. ¿Realmente no podemos ponerle freno o, tal vez, es que no deseamos hacerlo?

 

Una crisis de consecuencias globales

Supongamos por un instante, sin ánimo de ser negativos, que la idea que prima es la segunda. Imaginemos que el verdadero problema es nuestra falta de voluntad para ponernos en marcha y parar esta dinámica injusta.

De ser así, tal vez convenga echar un vistazo a las consecuencias sobre nuestras vidas del cambio climático, al que contribuye el desperdicio de alimentos y su mala gestión, y que pagamos todos, tengamos o no la fortuna de vivir en países desarrollados. Los veranos son cada vez más cálidos, y los inviernos, más cortos; el aumento del nivel del mar es una constante, y en pocas décadas podrían llegar a inundarse vastas extensiones costeras, con la consiguiente pérdida de localidades, cultivos y explotaciones ganaderas. El punto de no retorno se aproxima. En nuestra mano está evitar que lo alcancemos.

Atajar este problema es responsabilidad de Gobiernos, empresas, organizaciones no gubernamentales y ciudadanos de todo el mundo. Y, afortunadamente, ya comienzan a tomarse decisiones en ese sentido. El pasado mes de abril, sin ir más lejos, el Gobierno de Castilla-La Mancha se convirtió en pionero a nivel nacional al implementar un decreto para propiciar el reaprovechamiento alimenticio. En esencia, el modelo, de adhesión voluntaria y abierto a productores, distribuidores, vendedores y consumidores, ofrece una serie de reglas que seguir para minimizar el desperdicio y posibilitar la redistribución, especialmente entre personas con dificultades para obtener comida a diario.

En el sector privado también está habiendo notables movimientos. Tal es el caso de To Good To Go; esta app para smartphones permite encargar, comprar y degustar aquella comida que, al cabo del día, no ha sido aprovechada por restaurantes y comercios, reduciendo con ello el despilfarro y favoreciendo una concepción circular de la economía alimenticia. Un ejemplo que promete ser un modelo a seguir por el resto de regiones y países de nuestro entorno.

En nuestros hogares también podemos ayudar a cumplir ese objetivo. De hecho, el sector doméstico tiene en sus manos la posibilidad de ayudar de forma decisiva a ese triunfo. Son millones las toneladas de alimentos que se derrochan en nuestros domicilios particulares anualmente. Para acabar con ello, sólo hace falta que cada hogar se conciencie de la necesidad de aprovechar y conservar mejor los alimentos que adquiere.

Por supuesto, esa conservación está condicionada por las propias características de los productos. Los alimentos frescos suelen tener una vida útil corta, y son víctimas de una rápida degradación. Sin embargo, existen algunos sencillos trucos, todos ellos asequibles y nada caros, que se pueden aplicar para potenciar su durabilidad.

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