Seamos realistas: vivir sin plástico no es posible.

Al menos, no de momento.

Las experiencias recientes, como el reto #boicotalplastico2019, que llevó a miles de personas a suprimir el plástico de sus compras entre el 2 y el 9 de junio, han demostrado el creciente compromiso con la supresión de este material. Sin embargo, también han probado que renunciar a él totalmente es una utopía. Ya no es sólo el envasado de alimentos y bebidas el que depende profundamente del plástico. Prácticamente no hay objeto que usemos en nuestro día a día que no requiera de él para su funcionamiento. Móviles, ordenadores, bolígrafos, coches… Todos esos productos tienen un denominador común: el plástico.

Mientras los modelos de producción y consumo no cambien, seguirá siendo un compañero de fatigas diario. Es un material barato, polivalente y práctico, aunque también sea muy dañino para los ecosistemas terrestres y acuáticos. Y, por ahora, este último hándicap no compensa el que su distribución y aprovechamiento sea la opción más económica y útil para las empresas.

Hasta que ese futuro ideal sea factible, sólo hay una cosa que podemos hacer: seguir intentando reducir su uso en la medida de lo posible. Las grandes empresas productoras de plástico mantienen su producción por una sencilla razón: que la sociedad aún demanda tales productos. Por pequeña que pueda parecer, la aportación de cada hogar es un valioso soplo de aire a favor de esta causa. ¡Y no es complicado hacerlo! Basta con cambiar ligeramente algunas de nuestras pautas diarias, algo mucho más sencillo si aplicas los siguientes trucos:

  1. Planifica. ¿Alguna vez te has parado a pensar en la cantidad de comida envasada en plástico que desperdicias, o que compras por comprar? Seguro que muchos de esos productos proceden de una compra hecha sin pensar, fruto de un capricho puntual, de una necesidad de última hora o de una supuesta urgencia que, en el momento de la verdad, no era tal. Pensar antes de comprar y limitarte a lo que necesitas es una buena forma no sólo de reducir el consumo de plástico, sino también de minimizar el desperdicio de alimentos y, por qué no decirlo, también de ahorrar dinero.
  2. Elige. En tu mano está decidir qué prefieres. Una bandeja de poliestireno con tres manzanas envasadas al vacío, o el mismo número de piezas compradas frescas a granel. Una botella de agua, liberadora de microplásticos que dañan tu organismo, o un suministro del grifo seguro y sostenible. Las respuestas parecen obvias, pero el aparente sobreesfuerzo que supone escoger la opción más saludable nos disuade muy a menudo. ¡Supera esa pereza y haz la prueba! El resultado no te defraudará.
  3. Reutiliza. Si echas un vistazo a tu cocina, seguro que en ella hay más de un recipiente perfecto no sólo para almacenar la comida en la nevera, sino también para adquirirla en el punto de venta. Tápers de distintos tamaños, botellas y tarros sin uso, bolsas de todo tipo… ¡Dales una nueva vida! Llévatelos contigo a hacer la compra y pide que los llenen con aquello que desees llevarte. Reutilizando envases ayudarás a que no sea necesario fabricar otros nuevos. Ahorrarás tú y ayudarás al planeta.
  4. Sustituye. Que estamos rodeados de plástico es una obviedad. No obstante, existen otros materiales a disposición del consumidor, mucho más respetuosos con el medio ambiente y, la mayoría de las veces, más sanos para tu organismo. Las tarteras de cristal, las botellas de aluminio y las bolsas de tela son sólo tres de las innumerables alternativas que pueden ayudarnos a que el mundo no se convierta en un colosal vertedero de plástico en poco tiempo.
  5. Inspira. Proteger el planeta es cosa de todos. Y, si los demás no se percatan de ello por sí mismos… ¡Conviértete en un ejemplo para ellos! Haz de tus actos un modelo a seguir, difunde tus prácticas respetuosas con el medio ambiente y, juntos, lograremos ralentizar el efecto destructivo de nuestra actividad sobre el mundo.

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