Desde el albor de los tiempos, la preservación de los alimentos ha sido uno de los grandes retos a los que se ha enfrentado la Humanidad. Ya hablemos de la salazón y del frío, o de los estabilizadores y conservantes industriales, lograr retrasar los efectos de las bacterias naturales de la comida, y conseguir que sobreviva en óptimas condiciones durante el mayor tiempo posible, ofrece innegables ventajas, tanto en términos sanitarios y medioambientales como logísticos y económicos.

Repasemos brevemente la realidad botánica que se esconde tras este hecho: los alimentos (en especial las frutas, verduras y hortalizas) presentan virus y bacterias naturales, que son las que, a la postre, provocan su progresivo deterioro, usualmente rápido. Una realidad que no conviene a los productores, distribuidores y vendedores de alimentos, que necesitan aumentar ese lapso de tiempo para que los productos lleguen al consumidor en buen estado.

Basta un rápido ejercicio de sentido común para detectar las virtudes de dicho aumento. Disponer de unos alimentos con una vida útil más prolongada reduce su desperdicio, abundante de por sí en las cadenas de producción alimenticia, y da a los productores, distribuidores y vendedores un margen de tiempo mayor para mantenerlos a la venta, lo que incrementa los beneficios de los negocios implicados. Así mismo, posibilita el envío de los productos a mercados más lejanos, multiplicando las posibilidades de venta. Y no conviene desdeñar lo positivo que, para la tranquilidad y la motivación de los compradores, entraña saber que aquellos productos procedentes de lugares distantes no pondrán en peligro su salud por estar en proceso de putrefacción, infestados de virus y bacterias, o en malas condiciones por el simple paso del tiempo.

 

Un equilibrio complejo

Sin embargo, incrementar la vida útil de los alimentos es una práctica que, en los tiempos presentes, no está exenta de inconvenientes. A día de hoy, la forma más común de lograrlo ha sido mediante sucesivos “baños” o inoculaciones de conservantes químicos. El objetivo es fácil de entender: ralentizar o, directamente, suprimir el efecto de los microorganismos que causan el deterioro. Son métodos que, aunque eficaces, presentan no pocos riesgos para la salud de los consumidores, amén de implicar procesos de fabricación nocivos para el medio ambiente.

Precisamente por ello, algunas de las legislaciones que imperan en los países productores limitan el empleo de tales químicos sobre determinados alimentos. Sobra decir que semejantes decisiones anulan las posibilidades que la conservación pueda tener. Se trata de un apunte que no puede ser pasado por alto.

Como es lógico, la sociedad no está dispuesta a renunciar a las ventajas que la evolución de los nuevos métodos de preservación proporciona. No obstante, eso no impide que, en todo el globo, millones de voces se alcen, y crezcan en número a diario, reclamando alimentos más naturales, sanos, carentes de químicos y ajenos a procesos industriales. Quizá parezca contradictorio, pero eso no quita que sea una reivindicación real… Que tanto la sociedad como el planeta ven como imprescindible.

Así pues… ¿Cómo alcanzar un equilibrio, un punto en el que el carácter bio y eco, y la durabilidad de los alimentos, se den la mano de forma satisfactoria, rentable y, sobre todo, eficaz?

 

La tecnología, pieza clave de esa síntesis

Durante los últimos cuatro años, desde sus primeros pasos en suelo panameño, ActivH2O ha centrado sus esfuerzos, precisamente, en lograr la síntesis entre ambas peticiones. Y ha sido en la tecnología en la que hemos hallado la solución perfecta, que cuenta, además, con un nombre y una protagonista: el primero es la electrólisis, y la segunda, el agua.

Es posible que, en este momento, seáis muchos los lectores que os preguntéis qué es la electrólisis no salina. En dicho proceso, el agua pasa a través de los dos electrodos que contienen nuestros equipos, el ánodo y el cátodo; al hacerlo, la corriente eléctrica modifica momentáneamente el pH del agua, que se recompone de inmediato. Sin embargo, ese lapso de tiempo es suficiente para que la superficie de las células – por ejemplo, las de la bacteria E. coli – se vuelva porosa, por lo que absorben el agua, que destruye su núcleo y acaba con ella. De esa transformación surge una nueva sustancia que, en nuestro caso, es un oxidante natural e inocuo, capaz de eliminar los virus y las bacterias del agua.

Muchos equipos y sistemas recurren a la electrólisis para realizar sus procesos; lo que nos caracteriza, aparte de la mayor duración del efecto desinfectante en el agua y de su poder, superior al de la competencia, es que, a diferencia de las alternativas, nuestra tecnología no necesita que se añada sal, ni nuestros electrodos desprenden partículas sólidas, lo que la hace perfectamente segura para consumo humano. Virtudes todas ellas que cumplen con la normativa estipulada en el Real Decreto 140/2003.

Así, el oxidante no sólo erradica las bacterias que se encuentran en el agua, y mantiene ese efecto durante semanas. También acaba con aquellas acumuladas sobre cualquier superficie como, por ejemplo, la piel o las hojas de las frutas, verduras y hortalizas. A partir de este punto, las cuentas son fáciles de hacer: ese margen temporal es lo suficientemente amplio como para minimizar el desperdicio por deterioro prematuro, amén de facilitar que el alimento llegue a cualquier rincón del mundo en un estado óptimo para su consumo.

 

Beneficios para la economía… Y también para el planeta

Alargar la vida de los alimentos es una realidad que puede aportar pingües beneficios a todos los actores que constituyen la cadena de producción, tanto agricultores como comerciantes y consumidores. Y eso, claro, pese a que es fácil pensar lo contrario, pues… ¿Qué productor querría que sus productos resistiesen por más tiempo en las estanterías de los supermercados o en las despensas de los hogares? Eso equivaldría a vender menos y, por extensión, a perder beneficios… ¿O, acaso, no sería así?

Hagamos un pequeño esfuerzo y enfoquemos ese argumento desde otra perspectiva. Un producto más duradero puede ser ofrecido a un precio sensiblemente mayor. La ventaja competitiva que plantea es importante, ya que cualquier superficie de venta, sea un comercio minorista o una gran superficie, preferirá aquellos alimentos que se mantengan impolutos por más tiempo en sus estantes y les permitan reducir sus pérdidas. Lo mismo ocurre en el caso del consumidor, atraído por alimentos que no sufran deterioros rápidos. Y eso, claro, sin contar las mejoras que aporta a las exportaciones, ya que, por un lado, permite exportar la mercancía fresca a mercados sitos en territorios más lejanos, en los que, muy posiblemente, se pagará bien a aquellos capaces de ofrecer alimentos habitualmente inaccesibles. Y, por otro lado, reduce la merma de la mercancía, esto es, la cantidad de alimentos que llegan a destino en malas condiciones, y que no reportan beneficios al vendedor, una pérdida que puede alcanzar altas sumas de dinero.

A mayor distancia y mejor calidad, mayor precio y más beneficio, pero esta realidad tiene una segunda derivada ajena a los rigores del mercado. Anualmente, millones de litros de conservantes químicos se producen para combatir el carácter perecedero de los alimentos. Y, si esa misma fabricación, por sí sola, ya resulta dañina para el medio ambiente (emisiones a la atmósfera, residuos desechados, posibles accidentes…), el hecho de que muchos de esos químicos, tras su utilización, terminen en los ecosistemas, amenazando a la flora y fauna autóctonas, dispara sus consecuencias negativas. Por fortuna, tal realidad se torna inexistente al recurrir a ActivH2O.

No obstante, si hay un efecto de nuestra tecnología verdaderamente beneficioso para el medio ambiente, ese es la reducción del desperdicio. ¿Acaso parece algo baladí? Pensemos que, en este momento, cada año cerca de 1.300 millones de toneladas de comida terminan en el cubo de la basura, tal como ha alertado la FAO, y esa cifra sigue creciendo conforme se dispara el número de habitantes del planeta. Las propias Naciones Unidas, a través de sus Objetivos de Desarrollo Sostenible, se han propuesto poner freno a semejante despilfarro, que también presenta un lado pérfido si se piensa que casi 820 millones de personas padecen hambre. Así, unos alimentos más duraderos y más seguros se convierten en un grano de arena más, y nada despreciable, a la hora de atajar tamaña tragedia humana.

Así, nuestras soluciones, siendo como son completamente naturales, se tornan, por increíble que parezca, en el ideal: la síntesis entre conservación y sostenibilidad, envuelta con el siempre admirable lazo de la igualdad y de la lucha a favor del “hambre cero”.

Alargar la vida útil de los alimentos como mecanismo para posibilitar la vida de millones de personas… ¿No es una causa por la que merece la pena luchar juntos?

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