Que la agricultura es uno de los pilares maestros de la supervivencia humana es algo que no admite discusión. Ni siquiera hoy, en un mundo tan sumamente dependiente del progreso tecnológico, en el que ya existen y se desarrollan maneras de producir alimentos sin el fruto de la tierra, puede concebirse la vida sin las explotaciones agrarias. Su importancia resulta capital, en especial en un planeta cada vez más superpoblado, en el que se espera que, para 2050, cohabiten cerca de 9.000 millones de personas.

Pero esta fuente inagotable de recursos está en serio peligro. Según un informe publicado recientemente por la Organización de la ONU para la Alimentación (FAO), cada vez se detectan tasas más altas de contaminación en los suelos. Su origen no sólo se debe a la excesiva industrialización; también ciertas malas prácticas agrícolas, como la utilización de desinfectantes químicos aplicados al agua, o el uso abusivo de cosméticos domésticos que terminan en los cauces, son responsables. Y esa contaminación del agua en las zonas de cultivo se transmite a los productos que nacen de la tierra.

En el documento, la FAO facilita una completa batería de razones, todas ellas perfectamente razonadas, por las que este problema, de acuciante gravedad, no puede obviarse por más tiempo. La principal de ellas, no siempre obvia, es el alcance del drama; el daño que sufren los suelos repercute en todos los ámbitos, desde la calidad del agua y de los alimentos que consumimos, hasta la del aire que respiramos. Así mismo, es una amenaza invisible, difícil de detectar; en la actualidad, se calcula que un tercio del suelo ya está contaminado.

Esa cifra resulta especialmente dantesca si se considera que, cada milenio, únicamente se genera un centímetro de suelo cultivable, tal como recoge el informe. La lentitud de su reconstitución y la saturación de sus capacidades filtrantes podrían llegar a convertirlo en un entorno letal, que emponzoñaría cosechas y explotaciones ganaderas, alejando el cumplimiento del objetivo de “hambre cero”, uno de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) propuesto por Naciones Unidas para 2030.

Con cerca de 870 millones de personas en todo el planeta en riesgo de morir por desnutrición, el organismo internacional se ha propuesto erradicar ese escenario en los próximos diez años, con la ayuda de Gobiernos, empresas y ciudadanos. Pero lograrlo o, como mínimo, acercarse lo máximo posible a esa meta, depende directamente de que la actividad agrícola sea abundante, sana y sostenible. Una merma de la calidad de los cultivos, con la consiguiente reducción de su rendimiento y de la cantidad total de piezas obtenidas, tendría consecuencias trágicas, amenazaría la vida de millones de seres humanos y supondría la pérdida de millones de dólares en esfuerzos infructuosos.

Con todo, el mayor foco de preocupación para la FAO es el sanitario. Cada vez más a menudo se vierten en los suelos medicamentos de toda clase, bien a través de las deposiciones humanas y animales, bien tras haber sido desechados. En el suelo encuentran un entorno idóneo para generar bacterias inmunes a los antibióticos, acostumbradas a ellos desde su mismo nacimiento. Los organismos internacionales temen que, en apenas treinta años, un buen número de enfermedades se vuelvan insensibles a los fármacos disponibles, lo que, en el escenario más dramático concebible, podría derivar en la propagación de nuevas plagas y pandemias.

El compromiso colectivo, la única solución

Los datos recogidos en el informe deberían bastar para hacer saltar las alarmas de la comunidad internacional, tanto a nivel institucional como a pie de calle. Sin embargo, resulta sorprendente la poca atención que la degradación de los suelos del planeta recibe. La destrucción de la capa de ozono está en boca de millones de personas, pero poco es lo que se escucha, ve o lee en los medios de comunicación acerca de la contaminación y deterioro de los suelos.

Reza el dicho que “las comparaciones son odiosas”, aunque, en este caso, resultan inevitables. Nos hemos acostumbrado a alzar la mirada y a temer por la desaparición de nuestra barrera protectora en la atmósfera, pero aquello que está bajo nuestros pies, que nos da sustento y alimento, no logra generar la misma inquietud. Y eso a pesar de la relevancia trascendental de contar con suelos de calidad, sanos y productivos. Máxime si se tiene en cuenta a los más de 800 millones de personas que padecen hambre en el planeta, y para los que cosechas abundantes y productivas podrían marcar la diferencia entre la vida y la muerte.

A la vista de los datos del documento de la FAO, y sin obviar esa atención abrumadoramente elevada que recibe el ozono en comparación con el estado del suelo, salta a la vista cuál es el gran problema de base: la falta de concienciación global. Es difícil defender una causa, sea la que sea, durante largo tiempo si no se conoce y se cree en ella. Quizá sea precisamente ahí donde el drama del suelo flaquea. De ser así, no basta con que sean organizaciones no gubernamentales, solidarias y altruistas las que afronten el desafío de proteger los suelos.

Revertir esta realidad es problema de todos. Una batalla de semejantes proporciones no se puede ganar sin una alianza de todas las fuerzas implicadas, ya sean ciudadanos, autoridades públicas, empresas u ONG. Es necesario suscribir un compromiso global antes de llegar a un punto de no retorno, antes de que nos sea imposible seguir utilizando los suelos para nuestra supervivencia.

¡Entre todos podemos devolver a nuestro planeta la calidad y la salud que merece!