Los amantes del cine de ciencia-ficción quizá recuerden cierta escena de la película ‘Looper’, estrenada en 2014 y ambientada en un decadente año 2042. En ella, la actriz Emily Blunt, quien da vida a una granjera de Kansas, utiliza drones voladores autónomos, totalmente automáticos e inteligentes, para fumigar sus maizales. Sin supervisión ni control algunos. Sin largas horas de trabajo en los campos. Sólo unas coordenadas programadas en el ordenador del artilugio… Y a funcionar.

¿Es algo sólo posible en el cine? Los hechos recientes parecen demostrar que no. Y es que la “agricultura inteligente”, consistente en utilizar recursos digitales para optimizar y simplificar la actividad del sector, es ya una realidad palpable. Incipiente, sí, pero real. Queda todavía mucho camino por recorrer, es cierto, pero cada vez son más las explotaciones que digitalizan sus procesos. Y todo apunta a que los tiempos en que era necesario deslomarse de sol a sol en los cultivos tienen sus días contados.

No se trata de un capricho pasajero, sino de una verdadera revolución agraria que ha llegado para quedarse. Las nuevas tecnologías aportan un mayor control sobre los cultivos, y hacen que actividades como la siembra y la recolección sean más ágiles, rápidas y aprovechables. En ese sentido, la monitorización y automatización rebajan al mínimo la cantidad de alimentos que se desperdician a lo largo de la cadena de producción, haciendo el proceso mucho más rentable con menos esfuerzo.

 

Personas felices, planeta sano

Precisamente reducir dicho esfuerzo es otra de las grandes ventajas que plantea esta tónica innovadora. Delegar en la automatización y en el teletrabajo racionaliza calendarios y horarios, y los hace conciliables con el ocio y con el descanso. Desde casa, con un móvil y en poco tiempo es posible controlar buena parte de la actividad.

Así mismo, se está registrando una repercusión extra, sorprendente y positiva: el mayor atractivo del campo para los jóvenes. Frente a la precariedad laboral que se ceba con muchas ciudades, la agricultura, al fin conectada con el resto de la sociedad a través de internet y de la tecnología móvil, ya no es vista como una suerte de “destierro”, sino como una verdadera salida profesional muy a considerar, con opciones de progreso y perfectamente integrada. Por ello, cada vez más personas menores de 35 años optan por hacer del campo su camino hacia el futuro.

Pero no son sólo las personas y sus negocios los que obtienen ventajas de la digitalización del campo. También el planeta en conjunto puede beneficiarse de ella. Y es que, si la digitalización implica una mayor precisión, el uso de fertilizantes y de plaguicidas puede reducirse al mínimo imprescindible, sin excesos que dañen los ecosistemas gratuitamente. Del mismo modo, racionalizar el consumo de agua para riego y lavado sería otra de las grandes virtudes, lo que contribuiría a preservar unos yacimientos acuíferos cada vez más esquilmados por la acción irresponsable del sector.

El poder del dato frente a la incógnita del azar

Las posibilidades que ofrece la digitalización del campo son inmensas, y abarcan toda la cadena de producción, desde la preparación de los terrenos hasta la distribución de los productos cultivados.

No obstante, ese abanico puede sintetizarse en cuatro grandes bloques:

 

  • Agricultura de precisión. El éxito en la actividad agraria siempre ha dependido en gran medida del azar, sujeta como está a factores externos difíciles de controlar (climatología adversa, plagas, deterioro de los suelos…). Ahora, en cambio, los softwares de monitorización permiten investigar al detalle las parcelas, determinar los niveles de ácidos y de nutrientes del terreno, seguir el crecimiento y la salud de los cultivos en tiempo real… Un ejemplo es la innovadora plataforma Sembralia, desarrollada por la empresa Cefreta, que pone a disposición del agricultor diversos equipos y sistemas de última tecnología para que los tiempos, acciones y recursos invertidos en la actividad sean exactamente los necesarios. Ni más, ni menos.

 

  • Big Data. Este anglicismo, que designa la recopilación de cantidades enormes de datos sobre un tema determinado, es la expresión de moda en el mundo de los negocios. El campo no se libra de esa tendencia, y no es para menos. Obtener y saber gestionar toda la información posible sobre las explotaciones y su entorno permite estar alerta ante cualquier imprevisto, y anticiparse a las amenazas que puedan ocurrir.
  • Drones y robots. Ya lo adelantábamos al inicio del reportaje: cada vez resulta más usual ver cómo estas pequeñas aeronaves no tripuladas sobrevuelan los cultivos. De momento, la gran mayoría de ellos se limitan a grabar y monitorizar los cultivos, pero ya están operativos modelos capaces de arrojar agua o fertilizantes sobre parcelas muy concretas de los cultivos. Eso, claro, sin que el agricultor tenga que salir de su domicilio.
  • Tecnología móvil. Nuestro tiempo es, indiscutiblemente, el de los smartphones. Los dispositivos móviles digitales se han convertido en parte inseparable de nuestras vidas, algo que impacta directamente en cualquier empresa que aboga por evolucionar y dar soluciones de calidad a los clientes, como también comienza a suceder en el campo. Desde un teléfono inteligente se pueden gestionar prácticamente todos los elementos que afectan al sector, pudiéndose controlar ahora también la desinfección ActivH2O, de forma unificada, sencilla e intuitiva.

 

 

 

Un sendero no exento de obstáculos

Que miles de agricultores en todo el mundo se decidan a diario a digitalizar su negocio demuestra el atractivo y las ventajas que este modelo suscita. Sin embargo, aun a pesar de su progresiva implantación, la “agricultura inteligente” se está encontrando con ciertos obstáculos, algunos de ellos serios, que frenan ese progreso.

De entrada, uno de los principales focos de disuasión es el alto coste que entraña esa digitalización. Cualquier cambio radical en un modelo de negocio exige elevadas inversiones económicas, algo especialmente visible en este caso, teniendo en cuenta la gran cantidad de equipo de alta tecnología, habitualmente caro, que es necesario adquirir. Con todo, es cierto que existen ciertos programas de ayudas, tanto estales como internacionales; tal es el caso del Fondo Europeo de Desarrollo Regional (FEDER), algunas de cuyas partidas se destinan a la modernización del sector.

Y no sólo son las explotaciones las que precisan de esa evolución, sino también las propias infraestructuras que proporcionan internet. Porque, precisamente, otro de los obstáculos es la pésima conexión que sufren muchas áreas rurales, y que dificulta, cuando no impide por completo, esa digitalización. En nuestro país, el Gobierno parece haber tomado conciencia de ese serio hándicap, y ha iniciado el Programa de Extensión de la Banda Ancha de Nueva Generación (PEBA), cofinanciado por la Unión Europea y creado para expandir la conectividad a todas aquellas zonas que, en la actualidad, carecen de ella.

Más allá de los problemas prácticos objetivos, en el terreno subjetivo se da un verdadero temor al desempleo que un desarrollo tecnológico desmedido pueda causar. Ya hemos visto que el campo es visto cada vez por más personas, sobre todo jóvenes, como una suerte de salvavidas a la precariedad laboral urbana. ¿Y si una automatización excesiva hace que sean necesarias menos manos en el campo? ¿Podría ser la ruptura de esa esperanza? Los detractores de esa corriente de pensamiento alarmista lo tienen claro: no. A su juicio, por mucho que avance el progreso, siempre harán falta trabajadores agrícolas, ya sea para controlar los procesos, ya como técnicos y mecánicos que velen por el correcto funcionamiento de la maquinaria instalada.

Sin embargo, el mayor problema radica en la propia mentalidad conservadora de no pocos agricultores, que manifiestan un auténtico recelo ante la novedad. Desde siempre, el campo ha estado muy apegado a sus tradiciones, una cerrazón que hace complejo convencer a los veteranos del sector de las bondades de esta evolución. En ese sentido, el relevo generacional y la afluencia de jóvenes promete zanjar, en gran medida, esa problemática.

A la vista está que los inconvenientes que plantea la “agricultura inteligente” quedan eclipsados por sus múltiples ventajas. Por ello, cerrar los ojos a la innovación no sólo es fútil; también resulta poco inteligente y aún menos rentable. La tecnología no es un enemigo que abatir, sino un aliado con el que contar. Confiemos en ella, sin euforias ni temores, y dejemos que simplifique y mejore nuestras vidas.

A fin de cuentas, eso, y no otra cosa, es el progreso.

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